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Allá
por el año olímpico barcelonés
nacía al mundo la versión definida de
Piratas, una banda que desde su primera aparición
pública dejó muy claro que la indiferencia
no estaba en su catálogo de sensaciones a generar.
Son cuatro gallegos que enamoraron a su sello hace 10
años y mantienen la llama a base de mucho cariño
-recíproco- tras 5 discos. Que el matrimonio
con Warner haya sido largo y fructífero
no quiere decir que los contrayentes no se hayan montado
su carnaval de fantasías. Los guiños al
séptimo arte tienen una parada ineludible en
la canción presente en la banda sonora de Batman
y Robin, un hecho tan insólito como real
en la música española. El sello se movió
con diligencia y el mismo Mr. Freeze Schwarzenegger
dio el beneplácito a la inclusión
de Mi matadero clandestino en la B.S.O.
En el terreno nacional también colaron la deliciosa
M en el metraje de Mensaka. Vamos, que
desde Promesas que no valen nada -todavía
es el tema más jaleado en los conciertos- hasta
el ultrasónico material actual ha llovido, pero
los Piratas se las han arreglado para seguir
haciendo funcionar el sueño: desde el 4x4 puro
y duro a los medios tiempos, admirando sin copiar a
los artistas rompedores y ciñéndose en
escena a hacer lo que les sale de dentro. Por ello y
porque anteponen calidad a operaciones matemáticas
son actualmente -junto a los inefables Planetas-
el grupo español de los 90 con mayor calado en
el universo del respeto unánime.
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